"Pandorum" ha sufrido, para quien esto suscribe, el síndrome de la expectativa. Para entendernos, era tanto lo que esperaba de la película de Christian Alvart que, inevitablemente, ha terminado decepcionándome.
Estilizada y fotografiada en tonos metálicos y "futuristas", "Pandorum" bebe de la sci-fi espacial moderna, y está emparentada con títulos como "Horizonte Final" y "Sunshine"; no es tan buena como la primera (probablemente uno de los mejores ejemplos de horror espacial de los ’90), pero no llega a las cotas de aburrimiento de la segunda (y sí, ya sé que me voy a echar encima a todos los que adoraron "Sunshine", pero yo me aburrí como una ostra viéndola, y eso que me encanta Danny Boyle). De la primera hereda a unos seres surgidos de la nada, que acosan a los protagonistas en un lugar cerrado y claustrofóbico; lamentablemente, Alvart no parece muy seguro de que sus criaturas -que se inscriben más en el terreno del zombie/mutante que en el del alien cabrito- vayan a impresionar lo suficiente, por lo que refuerza sus apariciones con músicas y efectos de sonido estridentes que molestan más que otra cosa. Y es una pena, porque las criaturas y su concepto son ciertamente interesantes, con ese jefe casi tribal que trae por el camino de la amargura a los héroes de turno, y ese "niño" que pone los pelos de punta con sólo verlo. Alvart apuesta por la pirotecnia antes que por la sugerencia, y eso echa a perder en buena parte lo mejor de la película, que es su vertiente terrorífica.
La película gana enteros en su cuarto final, cuando las tramas empiezan a confluir y, por fin, dejamos de mezclar ambos géneros para encontrarnos con una película sci-fi realmente digna e interesante. Lástima que, entonces, todo termine. "Pandorum" deja al espectador con la desagradable sensación de lo que pudo haber sido y no fue, de que, debajo de tanta pirotecnia y paja mental (con perdón), había una película realmente buena. Una pena.
