Tomas Alfredson da inicio a "Déjame entrar" de manera suave, pausada, con esa lentitud tan propia del cine europeo que puede llegar a impacientar al espectador habituado al cine de Hollywood. Se toma su tiempo para presentarnos a Oskar, un niño al que los niños "normales" (si es que tal cosa existe) consideran un raro, un friki, alguien de quien burlarse y a quien poder humillar; asimismo, va soltando retazos de la extraña relación que une a Hakan y Eli (que bordea los puntos más espinosos de la misma, al contrario que en la novela), imagino que esperando sorprender al espectador incauto, aunque, con la cantidad de información que nos ha llegado sobre la trama eso es prácticamente imposible.
Sin embargo, una vez se establece la relación entre Oskar y Eli, que es el auténtico corazón de la película, ésta cambia radicalmente a ojos del espectador (al menos de aquel que sepa apreciar su estilo), convirtiéndose en lo que realmente es: un cuento mágico, triste y a la vez infinitamente hermoso, sobre la pérdida de la inocencia (en más de un sentido), un delicado poema de horror, además de una de las mejores y más extrañas historias de amor que el cine ha dado en los últimos años.
Alfredson se recrea en los paisajes, tan helados como el alma de muchos de los personajes que pasean por el film, llenos de hipocresía, mentiras y crueldad, tan fríos como la piel de Eli, que nunca buscó un amigo pero lo encuentra justo en el momento en que lo necesita, y también en los silencios, que nos dicen mucho más de lo que callan (la escena con el padre de Oskar y su compañero es simplemente soberbia). Todo ello contribuye a crear un clima onírico, quizás la fantasía de un pequeño aspirante a psicópata que, de repente, ha encontrado a su alma gemela en la única criatura que puede aceptarle tal y como es.
Película no para todos los gustos, puesto que aquellos que esperen gore y sustos quedarán decepcionados, esconde en su fondo un horror mucho más sutil: el de comprobar que todos escondemos un monstruo en nuestro interior, en ocasiones mucho peor que un monstruo de leyenda como el vampiro, porque el daño que inflige -la crueldad, el abandono, las mentiras- es del que no cicatriza fácilmente, y siempre deja marcas. No es hasta que llegamos al clímax final, tan terrorífico como hermoso, cuando somos conscientes del mensaje final de la película: hay esperanza, el amor puede llegarnos a todos, por doloroso, irreal o peligroso que éste pueda ser.
