Si hurgásemos en la fachada noticiable de las redes de corrupción, asumiríamos la cojera del cine para retratar sus tripas. La ficción no ceja en su empeño de trasladar realidades tan infames que cuesta digerirlas, asimilarlas como tangibles, por encima de fronteras y gobiernos. Ahí está el recuerdo de piezas de incontestable valor con las que hemos alimentado vigilias cinéfilas a la búsqueda de ambientes ya mitificados.
Pero lo que cuenta Matteo Garrone está lejos del mito. De hecho es lo más alejado al halo de glamour que impregna legendarios dibujos de las mafias, ya sean en los siempre cinematográficos EE.UU, en Europa o -recientemente con más ímpetu- el
Con el escudo protector de esa mirada directa, áspera, ajena a la contaminación del mercadeo, van desplegándose las cinco historias hasta articular un todo revelador, la textura recia y un montaje afilado como herramientas estéticas. Cierto que no se persigue estilizar la violencia y sus ramificaciones. Es obvio que no se pretende idealizar la trastienda demencial de una sociedad a golpes de pericia visual. Pocas veces como aquí –
Me satisface que la industria italiana aborde los efectos de un virus de tal calibre. El debate social necesita asuntos de controversia rescatados de los suburbios, germinados en el ámbito cotidiano de gente humilde para entonar la denuncia de un peligro extendido a gran escala. Las guerras mutan, los conflictos se desdibujan, quedan lejos las trincheras neorrealistas del maestro
De toxicidad y sus derivados se nutren los eslabones de un esquema narrativo eficaz que no desequilibra el retablo de vidas en el abismo. La red de influencias y extorsiones, el intercambio de poder, la violencia como un juego entre chavales imitadores de Pacino y su Scarface. Van asomando los retales del infierno para que el espectador los reconstruya y engarce si en su masa cerebral, incluso en las fibras de un estómago sensible, queda espacio libre tras el golpe. La sensación es la de solidez formal, ética y humana, grandes adjetivos todos, el umbral de la inevitable reflexión. Y no es necesario rociar de épica de bisutería una pieza con perfiles tan rocosos, ya los poros mugrientos de la realidad la destilan a borbotones.
