Me reitero en la creencia de que los viejos moldes nunca defraudan, si bien merecen nuevos lustres para ser realmente creativos. Acomodarse en el patrón de la comedia clásica del Hollywood dorado no deja de ser postura facilona, más por la aceptación popular que por la sencillez de ejecución, ya sabemos del buen arte de la risa. Pienso en uno de mis dioses -sí, acepto mi politeísmo idólatra y absurdo-, el señor Wilder, a quien no le sobraban ni puntos ni comas de acidez, nunca de más un gesto mordaz, jamás sobrante la mirada cáustica, la sapiencia literaria. Eso se cultiva si en verdad se nace con el genio dentro, de ahí que sean pocos los que ocupen el podio de deidades.
No creo que el neoyorquino Ira Sachs se haya planteado reinventar ese gran género cinematográfico. Dudo también de que pueda considerarse EL JUEGO DEL MATRIMONIO como comedia ortodoxa, limpia, dechado de precisiones que antaño fascinaba sin remedio. Más bien se aferra el relato a un esquema híbrido entre el suspense de época y la irónica -poco, eso sí- visión del noble sentimiento que sigue emparejando al ser humano per secula seculorum.
Agrada el tono general, se hace cómodo, amable en el trazado del artificio narrativo, con sus personajes estereotipados y todo eso. Cuenta con todos los recursos que esa simbiosis dramática admite, tiene incluso una voz en off para meternos de cabeza en el embrollo. Sin embargo el dibujo de las piezas del entramado -los cuatro personajes centrales- revela su flaqueza, es borroso el mar
El juego del título no sobrepasa los bordes estilísticos de una pieza de qualité, pretendidamente desfasada, melancólica por el gran cine que -se quiera o no- murió. A veces respira bajo los pellejos propios de un telefilme de lujo, revelando su parquedad presupuestaria, su caprichoso arrinconamiento en modos de rodar cosas que ya no se ruedan en la feroz industria palomitera. En la línea de la maravillosa LEJOS DEL CIELO (Todd Haynes, 2002), aunque carente de su propósito revisionista. En ésta el aroma retro invade
Ya digo que no engrosará anaqueles legendarios ni resucitará antiguos esplendores. Conformémonos con una apreciable radiografía física del momento -años 40 de mis amores-, muy justa y afinada, como interesante es el tímido estudio de parejas, su cruce de flagrantes cornamentas (a la postre consentidas), alguna reflexión perdida sobre el sentimiento amoroso como motor de la vida, a cuyo influjo termina sometido hasta el más redomado soltero -aquí con las facciones de un Pierce Brosnan muy cómodo-. Más allá de la espléndida textura no se observan grandes dotes para combinar los ingredientes del veneno hasta inocularnos su magia por vena. Dejemos eso para los maestros. Y ya me callo.
