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Asuntos privados en lugares públicos

Alain Resnais se convirtió en mito con sus dos primeras películas, Hiroshima, mon amour (1959) devastadora historia de amor que habla del recuerdo y del olvido bajo el impacto nuclear de la II Guerra Mundial y El año pasado en Marienbad (1961) disertación sobre el paso de los años y la muerte.

Entonces Resnais tenía treinta y siete años. El Resnais de ahora, el de ochenta y seis, respetando su bagaje, está a años luz del genio.

Asuntos privados en lugares públicos es una obra menor – si se le quiere rendir pleitesía al maestro -, una película intrascendente y aburrida con detalles irritantes.

Dos cosas chirrían por encima del resto en este cuento sobre la soledad y la huída de la monotonía: una no es más que una formalidad, un signo de falsa autoría, una nieve parisina digitalizada que sirve de telón de fondo y de transición de una historia a otra que sólo genera ira por lo empalagoso. Pero más grave todavía es la falta de coherencia dentro del conjunto de algunas de las historias que se cuentan y la tremenda distancia y nula implicación entre los personajes protagonistas y el espectador.

Si la película es un cuento, el niño que es el espectador se duerme a las primeras de cambio. Los cuentos de don nadies, de antihéroes donde su heroicidad consiste en soportar la mediocridad de cada día funcionan cuando los personajes te contagian sus emociones – Ladrón de bicicletas de De Sica, Vivir de Kurosawa – y sus historias son verosímiles – El dulce porvenir de Atom Egoyan.

En Asuntos privados en lugares públicos la frialdad de los personajes y el realismo mágico patético destrozan cualquier atisbo de genialidad – esa especie de hada madrina que alegra a los viejos embutida en cuero o las citas a ciegas de dos perdedores ingenuos -.

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