Tiene este Benicio lo que pocas estrellas del orbe mediático, carisma, dicho en mayúsculas y a bocajarro. Más aquí, si cabe, que en anteriores encarnaciones ficticias, siempre bordadas a hilazo de fina introspección, con los pertrechos de un talento orgánico, puro. Desde ya no concibo otro actor -búsquese en el diccionario el sentido de este vocablo prostituido- más dotado para hacer vivo un personaje al que nuestra memoria se empecina en reservar hueco en la despensa idólatra del siglo ya muerto. Ningún nombre como el suyo para nutrir las esperanzas ahora confirmadas de mímesis sin fisuras, simbiosis perfecta entre individuo real y su figura representada, la comunión ideal que salta hasta el patio de butacas rasgando la pantalla sin contemplaciones.
Por si lo anterior fuera poca razón,
Parece querer impregnar Soderbergh esta CHE, EL ARGENTINO con el aliento de obra total y definitiva sobre el personaje, pese a no cubrir todo un periplo vital y centrarse en un tramo muy concreto de su experiencia paramilitar. Tras presentarse en Cannes en todas sus cuatro horas y media, ha sido mutilada en dos partes para evitar el empacho del respetable y, de paso, mitigar el posible batacazo del distribuidor -de juicio sometido siempre a su interés, como es lógico-. Habrá que valorar por tanto esta primera entrega, de discurso -hay que decirlo- no muy sometido al corpiño de una hagiografía reivindicativa del héroe que tanto tufo ha
La pintura del protagonista y su cohorte, de toda su convivencia en la selva, de sus escaramuzas y diatribas politizadas, se articula en un metraje por momentos denso, un punto desequilibrado en ritmo y distribución episódica de los hechos. Abotonada con un lenguaje semidocumental, Soderbergh demuestra en su película lo que mejor sabe aunque esta vez se quede a medio camino. Combina texturas, salta en el tiempo y otorga firmeza narrativa, pero cuesta empatizar con los personajes escogidos más allá de los fautores del levantamiento. Los hermanos Castro -acertados Damián Bichir y Rodrigo Santoro- sobresalen entre tanto relleno de secundarios de bulto que pasan ante nosotros sin
Me cuentan que el segundo segmento de la obra acentúa las tribulaciones existenciales del Che, aquí esbozadas en estos parlamentos internos. Ignoro si ni siquiera verá la luz comercial, a la vista del primer bocado al bolsillo del populacho nostálgico de viejas y necesarias luchas. Es de suponer que también prevalecerá una épica de diseño armada con la afilada sintaxis propia del director y una rugosa apuesta estética,
El trayecto termina por agotar, no por el peligroso didactismo de púlpito, tampoco por un esquematismo maniqueo, menos aún por exceso de gloria en el retrato. Es la fría mecánica descriptiva el lastre para traspasarnos. Es el refugio en el rigor, la reiteración del juego temporal y una paradójica morosidad lo que empantana la mirada respetuosa hacia un Che más cerebral que apasionante. La batalla por abrir nuevos senderos de libertad social -que es la nuestra propia- se revela desajustada entre las ambiciones testimoniales que la engendran y la escasa seducción de su puesta en imágenes. Triste ración de desconcierto por llevar la firma y el rostro estelar que lleva.
