El más común de los sentidos podría hacernos intuir un póstumo honor de los académicos hacia Rafael Azcona por esta adaptación del relato homónimo de Alberto Méndez. El último y más literario arrumaco del genio hacia el medio que alimentó nuestra inteligencia durante décadas de lucidez y sabio diagnóstico de la realidad española. Pero además serviría el galardón para acreditar que el legado del maestro se prolonga más allá de su muerte, que los laureles a todo un bagaje de talento incorruptible se reconcentran en un suspiro postrero, aunque menor, éste que José Luis Cuerda ilustra en imágenes. LOS GIRASOLES CIEGOS los vuelve a asociar con material nuevamente apegado a la posguerra siniestra, de nuevo los fantasmas, los miedos y el oscurantismo como inspiración argumental, otra vez la ortopedia visual de ese denostado sector de la industria patria empeñado en mostrar la gran cicatriz moral del país, su reencuentro -para infortunio del
Como en ellas, se rescatan personajes cercados por la espantosa negrura social y política, las pequeñas voces de una nación que el tijeretazo de la contienda escindió en buenos y malos hasta asfixiar cualquier asomo de diletancia. Cuerda, perro viejo, se arrima a la brasa que mejor caldo produce en su propio universo creativo, los rigores y sinsabores de ese pasado infame y el efecto sobre un pequeño racimo de personajes con sus íntimas zozobras. Pero es posible que el apego a la novela estriña la narración sin la válvula de lirismo que rociaba aquellas estampas costumbristas. No así el fondo crítico, que aquí se mantiene coleando. Porque por el armazón de sentimientos diseñado en el guión repta no muy sibilinamente la enésima condena a los victoriosos, un previsible canto de amor a los derrotados, la épica del fracaso ahora filtrada bajo las pieles de un triángulo emocional de vértices incandescentes.
Es eso, poco más y casi sólo eso. Oficio empaquetado con apatía, lenguaje academicista, átono y, por momentos, aburrido. Más allá de la traslación fiel del texto original no se descubren alicientes que impulsen el torrente dibujado, que aviven la emoción, que nos identifiquen y perturben, que nos conmuevan. El maestro Azcona firma un texto de simbolismo facilón y personajes algo esquemáticos, todo su historial de acidez e ingenio al servicio de un relato incapaz de transmitir ninguna de las pasiones, cocido a un fuego lento que sólo las chispas finales consiguen reactivar. Pero es tarde ya. El trayecto sombrío y apesadumbrado queda marcado hasta el sexual desenlace por el sello insípido de un Cuerda que nunca quiso ser ni pudo ser ni fue supuesto un esteta. Cierto es que la comedia ochentera tuvo en su cine referente de transgresión, lo estrambótico y lo patético, lo irónico y lo tierno imbricados con precisión, barómetro de miserias, espejo de soledades también nuestras. AMANECE QUE NO ES POCO (1987), clásico indiscutido e irrebatible.
