Destilan las imágenes de esta hermosa película una nobleza insólita en el cine actual, ese aliento cálido que preavisa de torrentes emocionales a todas luces devastadores. Pero se antoja complejo adaptar un material tan intenso como el escrito por Matt Cohen, pues a estas alturas abundan las historias centradas en los efectos psicológicos de las guerras -del color que sean- y las lacras afectivas que impone su recuerdo. Animado por la potente base literaria, el canadiense Paolo Barzman se salva del mediocre y peligroso lamento efectista y opta por trazar un relato firme en sus intenciones, hecho desde y sólo gracias a la búsqueda de honestidad. 
ARITMÉTICA EMOCIONAL -extraño título cuya carga semántica descubre uno de los protagonistas- discurre por su vereda narrativa con la falsa mansedad de un riachuelo que sabemos se volverá turbulento. La trama nos ubica en un entorno de bucólica belleza, el idílico y elocuente paisaje de Québec donde una plácida convivencia familiar se verá alterada por figuras emergentes del pasado. Habla el director con sobriedad y elegancia de la memoria como motor de nuestra existencia, del retorno a un tiempo de infamias, de angustia y sinrazón como la válvula para otorgar valor al presente. Pero también habla de amor. Del sentimiento amoroso hacia los tuyos, y de ese otro amor latente que se ha callado, que se oculta por temor a hacer daño a tu familia. Y también de la culpa. O, mejor aún, del sentido de
Barzman dispone un cuerpo dramático agridulce y contenido, ajeno a la estridencia. Su film no se anda por las ramas al contar el choque de los personajes, es directo, preciso y pletórico en
Sobre estos cuatro vértices pivota un complejo tratado acerca de llagas que perduran e impiden olvidar, a las que el buen hacer y la intuición de H. Jefferson Lewis, autor del libreto, aleja de la complacencia. Nada es tan fácil como lograr nuestra implicación con este sólido material, un derroche de equilibrio en lo narrado y en sus formas. Nada termina siendo tan duro como hacer nuestro el dolor compartido entre los protagonistas, verlos evolucionar, afrontar su mutua necesidad, transformar las heridas lastimosas en la única llave de algo parecido a la felicidad. Dicen que el pasado siempre regresa, aquí lo hace bien mediante estilizados flashbacks -la conexión de Melanie y Christopher con su infancia
ARITMÉTICA EMOCIONAL se quedaría a medias en su caluroso sentimiento humano sin un cuadro actoral formidable, comprometido con el texto, magistral. Susan Sarandon vuelve a estremecer a base de talento, sólo equiparable al gesto sereno de Christopher Plummer y Gabriel Byrne y la distinguida, rotunda, reveladora figura de Max von Sydow. Juntos configuran este inteligente entramado que bascula con mesura entre pasado y presente, entre la culpa y el perdón, una obra que revela insalvables conflictos,
