Una película a medio gas por el camino del cine de autor que renuncia a una trama típica del cine independiente pero que aburre con la torpeza de las señas de identidad del director.
Abrir, como hizo Brick, una senda original en el género del thriller
La última media hora aburre y estropea el ritmo.
Una cámara inclinada y la bella e interesante intérprete Parker Posey son las señas de identidad de esta pseudocomedia de espionaje y terrorismo. Desconozco la filmografía de Hal Hartley, pero uno de los personajes mencionados durante el film me sonaba a título de película. Y efectivamente Henry Fool puede reconocerse como precedente de esta secuela o continuación tras diez años transcurridos.
Desconociendo la trama y el resultado de la predecesora, deduzco que sería una rareza como ésta. Una película de aparente escaso presupuesto pero que no renuncia a divertir con una trama de espionaje internacional. Por un lado es encomiable el pulso y el guión, sobre todo durante hora y media. También es envidiable cómo le saca partido a las localizaciones y a la escasez de medios para llevarlo a un terreno de discretos agentes secretos.
Sin embargo esas virtudes, cuando se abusan de ellas, terminan cansando: el rodar toda la película con la cámara inclinada e intentar hacer una historia en varias localizaciones a veces deja en evidencia las carencias, incluso dando la impresión de que el director no es consciente del acartonamiento y lo forzado de algunas puestas en escena.
La mezcla de thriller con comedia no termina de cuajar, confundiendo al espectador sobre lo que está viendo. A pesar de algunos diálogos juguetones y sorprendentes giros en la trama, Fay Grim se alarga innecesariamente hacia el final, dejando un agridulce sabor de boca y la sensación de que podría haber abreviado el film y haber tenido un resultado más redondo.
En resumen, una película a medio gas por el camino del cine de autor que renuncia a una trama típica del cine independiente pero que aburre con la torpeza de las señas de identidad del director.