Danzad, Danzad, Malditos es una adaptación de la novela “They Shoot Horses, Don’t They?”, de Horace McCoy. Una gran metáfora, extraída de la vida misma, al basarse en los maratones de baile de la década de los treinta en Estados Unidos, durante la época de la Gran Depresión. En aquellos eventos, los desesperados concursantes participaban en una angustiosa prueba de resistencia, para ganar unos pocos dólares o para que se fijaran en ellos los cazatalentos de Hollywood.
Sydney Pollack consigue reflejar a la perfección aquella terrible situación en, prácticamente, un solo escenario. La crisis que atenaza al País se concentra en el salón de baile, donde las personas en paro luchan por sobrevivir. El maestro de ceremonias (Gig Young) representa al gobierno. Él dirige la vida de las parejas que danzan sin cesar al son de las canciones que tocan los músicos (los políticos). La simbología, tan evidente, es relatada por los propios actores para que no haya ninguna duda. Así, Jane Fonda, una de las concursantes, compara a sus compañeros con el ganado: “… la única ventaja que tenemos sobre ellos (los animales) es que nosotros sabemos que vamos al matadero”.
El mérito de Pollack es conseguir que el espectador sienta un profundo desasosiego cuando la realidad, así reflejada, se aleja del drama social y se adentra en la tragedia psicológica. Y es que la cinta parece, por momentos, una película de catástrofes. La situación de los personajes no puede ser peor: viven hacinados y duermen en camastros que parecen improvisados para atender a los supervivientes de un terremoto. Médicos y enfermeras pululan entre ellos para asistirles en sus últimos instantes de vida. La enfermedad, la locura y el odio hacen mella entre los concursantes que ven como su cuerpo -y su mente- se van degradando paulatinamente. No hay consuelo; hasta el sexo se vuelve sucio y desesperado. Es como si una epidemia, producida por la insalubridad del lugar, se extendiera entre ellos.
