Tuve durante la proyección de esta último título de los Coen una sensación incómoda. La misma que me asaltó viendo otra pequeña maravilla, BIG FISH, y parecida a la experimentada con las imágenes de LA MALA EDUCACIÓN, exquisita pieza de autor. En los dos últimos casos el tiempo puso las cosas en su lugar, logrando, tras un segundo asalto, que mi opinión sobre ellas reivindicara sus más que evidentes logros y anulara los iniciales reparos. Y pasé de observar sus propuestas desde fuera, sin implicación alguna, impermeable a sus muchos aciertos, a considerarlas fuente de placer para el espectador sorprendido y fascinado que siempre quiero ser.
Con NO ES PAÍS PARA VIEJOS sabía, desde el primer instante, que estaba asistiendo a una película excelente. La suma de elementos artísticamente ensamblados creando un todo perfecto como un engranaje se lograba con esta historia de corrupción y violencia. Todo en ella es brillante. Sin embargo, no logré, en ningún momento, dejarme arrastrar por el relato, no pude sentir la fascinación que el cine -el bueno, por supuesto…¿o es que hay otro?- suele producirme. No me enamoré de una historia potente, no me sedujeron sus personajes oscuros, no me involucré con su trama inquietante -aunque un tanto confusa-, con su ambientación seca y crepuscular, no pude dejar de percibir que toda esa brillantez quedaba lastrada por una frialdad excesiva -a lo que contribuye la ausencia total de banda sonora- y un final fa
Aún reconociendo su perfección formal, ese dominio técnico, la pericia al trasladar en imágenes una novela que se me antoja compleja por su densidad simbólica, una lograda ambientación y la soberbia dirección de actores, me faltó algo crucial, básico, esencial, para creerme que estaba viendo una cinta de los Coen: el humor negro, marca indeleble de la casa. Apenas lo encontré por los resquicios de esa Arizona brutal y desquiciada; no pude captar la sorna y la gamberrada que brillaba en SANGRE FÁCIL, o en BARTON FINK, o en FARGO, o en EL GRAN LEBOWSKI, o en EL GRAN SALTO, o en EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ. Los hermanos Coen ofrecen su maestría absoluta e indiscutible al servicio de un viaje a los infiernos de la con
Pese a todo, supe siempre que me encontraba ante una joya pulida y refinada, ante una de las más perfectas criaturas de los directores -su cumbre, en mi opinión, sigue siendo FARGO- y ante lo más destacado de un año pobre en la calidad de los estrenos. Reconozco que esa desnudez formal es la más apropiada vestidura para el cuerpo narrativo. Este trayecto de sangre y agresividad, de polvo desértico y pólvora, de huídas y persecuciones, de diatribas existenciales en mitad de la nada, de venganzas sin redención nos golpea a bocajarro, se hace vibrante, peligroso, demoníaco, nos azota con su bestialidad…eso sí, depurada, perfectamente calculada y, al final, deshumanizada. Pude ver todos sus actos violentos como nunca antes en el cine de estos autores. Pero detrás de ellos no he visto pasión.
Tendré que d
