Una perla de cine sublime que se viste con capas de ligereza para esconder una fábula compleja sobre la sencillez de la vida -¿o es al contrario?-. Obra sutil, delicada, contagiosa, de esperanzadora libertad. Un auténtico placer.
Su grandeza humana escondida en un modesto envoltorio, su contagioso vitalismo, sus actores, todo, absolutamente todo en ella.
Que no surjan joyas así cada año.
Érase una vez un músico callejero de Dublín que ofrecía su virtuosismo a la guitarra a cambio de míseras monedas en mitad del gentío. El joven artista buscaba una oportunidad de triunfo mientras ayudaba a su padre reparando aspiradoras. Una noche, interpretando una canción cargada de dolor, alguien le aplaude. Es una solitaria, como él, alguien también a la deriva, a la espera de una emoción insólita. Los dos ilusos perciben que sus deseos, sus ilusiones, su esperanza, caminan juntos. Y deciden dejarse llevar. Les une un pasado sin cicatrizar, un núcleo familar herido y una maleta de talento sin explotar. Pronto dejarán que la ciudad testifique el único amor sólido que nace entre ellos: la música.
mpos un relato de inspiración clásica. Con algunos precedentes más rutilantes y taquilleros, su adhesión al género musical me ha parecido mucho más honesta, profundamente más emotiva y capaz de sustituir lo postizo y excesivo por retazos de vida pura, edificante, auténtica.
lo que les rodea. La música es un personaje más, el resorte que les mueve y les da plenitud. Es la brutal sinceridad de estas canciones la que dirige nuestra mirada por una historia urbana de encuentro y amistad, de pasión, de sueños, de comienzos imprevistos, de finales esperanzados. Canciones que esconden pequeños trozos de estas dos almas gemelas y nos los descubren desnudas, sin coartadas, dolorosas.
veracidad estas pequeñas grandiosas existencias, sin dar la nota -nunca mejor dicho-, dejándolas que vayan calando en la retina, haciendo que vayan invadiéndonos con serenidad, con insólita discreción. Cuando nos damos cuenta, ya estamos seducidos por la fuerza de las letras y unas melodías bien insertadas, con funcionalidad narrativa. Es a través de los pasajes musicales como estos dos marginados se entienden de un modo más perfecto e inmediato. No hay nada más que vaya a definir su relación, ahí reside la astucia del guión, su radical originalidad respecto a los podridos esquemas de Hollywood. En este sentido, es esta una obra que proyecta su vocación de independencia, convirtiéndose en una hermosa y vibrante pieza de cámara para paladares receptivos. Carney y su equipo artístico
arriesgan fuerte, pero al final nos contagian un vitalismo luminoso, melancólico, lleno de energía.
para esconder una fábula compleja sobre la sencillez de la vida -¿o es al contrario?-. No imagino otro musical que, con un lenguaje tan directo, tan sutil, tan delicado, tan armónico, consiga un resultado tan gozoso. Es la marca de los grandes cineastas, los que ennoblecen su discurso con el mágico sonido de la realidad.