Parece el duelo en OK Corral que todo cinéfilo tutela en su memoria, pero vampíricamente. Resultado: un western polar con vampiros en lugar de cowboys y un sheriff arrojado, pero insulso...
La idea, que proviene de un cómic, de situar la historia en ese pueblo ártico.
Muchas cosas: los diálogos, lo previsible y rutinario que es, al final, todo...
La diáspora alimenticia de los vampiros los conduce a Barrow, un pueblito de postal ártica que sufre treinta días de oscuridad al año. Allí viven pintorescos personajes muy sucintamente presentados a los que incluso se les niega un mínimo de profundidad psicológica (esa pareja al borde de un ataque de odio que no sabemos de qué va ni hay interés alguno en explotar su conflicto o la muy gris relación entre los vecinos de esta impostada comunidad de zombies en vida. De resultas de todo lo cual pudiera haber nacido un film original, pero Slade no apura esos vistosos elementos y lo que podía haber una opulenta obra magna sobre los vampiros en el siglo XXI (no hay ninguna buena desde que Carpenter facturó los suyos propios, Fantasmas de Marte, a la que se asemeja, a mediados de los noventa) queda en una amena (tan sólo amena) opereta o un videoclip hinchado de angustia muy light y escenas de una contención plástica excesiva.