Bergman empezó a morir cuando sentado ante los folios y las cuartillas no nació nada de su cabeza. Cuando dejó de brotar el arte de sus manos y apenas pudo disfrutar de aquello que había llenado su vida el cine, el arte, los libros… y tan sólo quedó la música. Así decribió Henning Mankell la muerte lenta de este artista, así lo leí yo hace unos meses.
Ya trabajó con los dos actores protagonistas, Liv Ullman y Erland Josephson, en Secretos de un matrimonio, el precedente de esta película. Y no contento con esto añadió a Börje Ahlstedt y Julia Dufvenius como integrantes de un cuarteto de pura y absoluta armonía. Pues cada uno de ellos empujados y espoleados por la pasión de un hombre de ochenta años se hacen uno con la tragedia, la alegría y sienten en sus ojos y bocas la lágrima, la sonrisa. Bergman y sus primeros planos de esos ojos suecos azules e infinitos conmueve y emociona; Bergman con ese maravilloso juego de luces y sombras se adentra como nadie en el palpitante corazón humano.
Felicidades maestro, estés donde estés, cerraste tu obra con esta pieza de absoluta maestría. Cada nota, acorde y corchea engarzada en el sitio adecuado.
