Simpática comedia británica con genuino sabor inglés. Chispeantes diálogos, entrañables personajes y alocadas situaciones surgidas por mor de la ingesta de una sustancia alucinógena.
Los últimos quince minutos.
Los primeros veinte minutos.
Simpática comedia con el agradable aroma del genuino cine inglés que prácticamente desapareció con el antiguo y añorado estudio Ealing. Aquí, dado los tiempos que corren, el humor contine abundantes concomitancias erótico-sexuales, además de un par de escenas escatológicas que, francamente, son de lo mejor de la película.
Una película que, en lo que a mi respecta, tarda un poco en entrar en materia, siendo un poquillo sosa al principio. Son las escenas en las que vamos descubriendo a los diversos personajes, muy necesarias para la comprensión y delectación de lo que sucederá después.
Y es que, a medida que pasan los minutos, va siendo más y más divertida, con momentos descacharrarrantes, hasta llegar a un final sencillamente descojonante. Ello es debido a una buena dirección del estadounidense Frank Oz, que ya tenía experiencia en narrar vicisitudes de gentes poco convencionales, y de un grupo de intérpretes británicos, además del natural de New Jersery Peter Dinklage, que componen sus papeles con sencilla maestría. Desde gente por aquí y por ahora bastante desconocida, hasta ilustres veteranos como Peter Vaughan, como el inefable tío impedido en una silla de ruedas.
Una película con chispeantes diálogos, entrañables personajes y alocadas situaciones surgidas por mor de la ingesta de una sustancia alucinógena. Va de menos a más y al salir el espectador tiene una sonrisa de oreja a oreja. Totalmente recomendable.