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Me bebo tu sangre

Infinitas lágrimas cayeron por mi rostro anoche viendo esta joya del gore de serie Z. Un grupo de hippies adoradores de Satán llega a un pueblucho cuasi abandonado cien por cien yanki donde violan y golpean a una chica y se hacen okupas de una casa. El hermano (pequeño, gordo, torpe y pequeño) de la chica les ofrece luego unos pasteles de carne infectados con rabia (le sacó sangre a un perro rabioso muerto) y se monta la de Dios.

Llena de detalles descacharrantes, como la amistad y posterior romance de la víctima inicial con uno de sus agresores (que chica más maja, se lo perdona todo, hasta la violación), o unos currelas tirando de machete con la rabia en la sangre contagiados por haberse cepillado todos a la misma zorra hippie. Babas blancas y música garage-surf para los ataques, una obra maestra llena de situaciones desternillantes casi todas protagonizadas por el jodido niño, en especial cuando “atraviesa” la puerta del granero y su reacción al descubrir a su abuelo empalado, dignas del mismísimo Ed Wood.

Lo cierto es que se ha convertido desde ya en un clásico de esos que tengo que enseñar a las visitas, tan grande que me va a costar quedarme con una sola frase, pero creo que la tengo: “Discúlpala, no sabe lo que hace, es muda”. Antológica.

Ya es una de mis favoritas.

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