Cortada y confitada para exclusivo uso de jóvenes ávidos de emociones paranormales y adultos despistados, Moscú zero no convence a nadie. Es un aberrante ejercicio de degradación del cine como arte, un cutre-show de aspiraciones porque Val Kilmer, Vincet Gallo y algún que otro divo ya en cierre dan en participar. Cuenta la historia de un antropólogo perdido en el infierno del subsuelo moscovita.
Y el infierno era la sala de cine, queridos lectores: el dolor en la silla, la sensación de que el tiempo, esa joya tan preciosa, se escurría, y las ganas enormes de que los 90 minutos concluyan precipitadamente o que el proyectista tenga un subidón de amor propio y, faltando a sus principios deontológicos, desenchufe la máquina y salga al pasillo y honradamente devuelva los euros a los espectadores. Luego se agradecerán. Y no escribe más porque de cuando en cuando apetece escribir veinte líneas en lugar del habitual desparrame semántico que tanto agrado me produce y al que aboco inevitablemente mi natural cinefilia. Mucho es esto. Poco se merece. Nada. Silencio. No tendría que haber escrito esta reseña. No tendría que haberme tragado metraje tan bochornoso. Hecho está. Aviso regalado.
