Quiere ser lúcida y es pedante. Pretende ser turbulenta y sólo es cansina. Falsos diálogos y escasa emoción en un film lastrado por el tono intelectual que sí brillaba en Una Historia de Brooklyn. Grandes actrices en un viaje artificial y frío.
Nicole Kidman, la escena del árbol.
Su tono artificioso por los diálogos algo impostados. Que aburra y no emociona con un material tan goloso.
BODA, pero es apenas un fantasma que rellena su oquedad emocional con el serrín de lo impostado. Lo que en Allen fuía sin esfuerzo se atraganta aquí entre imágenes secas y afiladas, que no intensas.
Noah Baumbach insiste en sus radiografías humanas tras UNA HISTORIA DE BROOKLYN (2005), joya de narrativa concisa y complejidad moral que diseccionaba el derrumbe matrimonial de dos intelectuales neoyorquinos. Un sólido relato de patrones dramáticos y estéticos heredados en este dibujo verborreico del reencuentro de dos hermanas ante el inminente casorio de una de ellas. Nicole Kidman y Jennifer Jason Leigh -pareja de Baumbach en la vida real- hablan y hablan y se dejan arrastrar por el torrente emocional que el director plantea desde la irritación, con todo lo que ello supone para el desarrollo de la trama y nuestra estoica tarea de espectadores.
Conoce bien Baumbach las reglas del perverso juego dialéctico al que asistimos, y hace uso de una puesta en escena abrupta para desnudar su gama de miserias. Pero su historia es fría, desapasionada, artificio distante engordado con empacho de neurosis que termina saturando su posible trazo de realidad. Y no es que lo neurótico no sea real, cualquiera puede vomitar verdades en situaciones límite. Pero hay dos problemas para que se produzca esa magia propia del cine, que no es otra que la de cautivarnos sin apenas percibir el influjo. El primero es esa cascada verbal que articula las secuencias, y que conduce sin remedio al hastío. El segundo obstáculo -asociado a éste- es lo que en su obra anterior sumaba méritos, el lenguaje fragmentado como espejo del conflicto interior. MARGOT Y LA BODA cojea por un claro
desajuste entre el fondo -denso y discursivo- y su empaque formal -atropellado y naturalista, donde la elipsis ciega el mínimo resquicio al perfilado de personajes, a alguna emoción-. O lo que es lo mismo, un atractivo plato caliente que se nos sirve congelado.
Sin el humor negro y el cinismo que aliviaban las portentosas SECRETOS Y MENTIRAS (Mike Leigh, 1996) y CELEBRACIÓN (Thomas Vinterberg, 1998), el último latigazo contra la institución familiar queda sofocado bajo sus propias pretensiones, impidiendo que las turbulencias sugeridas creen algo parecido al desasosiego. Ni siquiera la simbólica escena del árbol -caída del viejo tronco como metáfora del propio pasado roto, irrecuperable- mitiga el cargante e inflado retrato de estos individuos al borde de la crisis. Y, por si tanta disfunción fuera poca, Jack Black salpica de estupidez la fraternal reunión y nos asienta en la indiferencia.
Hay una escena en la que Margot, escritora de vida liberal y lengua viperina, califica a su hijo de
"apolillado y displicente". En otra, éste le confiesa haberse masturbado. Vida y literatura imbricadas como nunca. Sobredosis de esnobismo pedante y artificial. Lo natural con el aroma infecto de lo postizo.