Una trepidante producción que retrotraerá a la infancia a muchos que ahora rondan la treintena.
Los recuerdos que provoca.
Que no se haya podido hacer antes.
Michael Bay es uno de esos directores que se esfuerzan en demostrar que el cine comercial y de acción no tiene que estar basado sólo en la música fuerte y las persecuciones. Con más o menos acierto, siempre intenta aportar algo en sus trabajos. Y en algunas ocasiones incluso lo consigue.
Transformers es una de ellas. La película narra la historia de dos razas de robots que llegan a la tierra en busca de minerales y recursos que les permitan sobrevivir. Con un tono apocalíptico pero esperanzador, la película se convierte en otro de esos mensajes que tanto gustan a los cineastas del otro lado del charco, y que en cierto modo podría resumirse en “por muy mal que estén las cosas, el hombre siempre puede salir adelante”.
Evidentemente, a esta película hay que juzgarla con el criterio apropiado, sabiendo que se trata de una obra de entretenimiento puro y duro, y dejando de lado cualquier otro tipo de consideración. Y en ese aspecto, Transformers es una película muy lograda, con un ritmo trepidante y que está dirigida tanto al público más juvenil como a aquel que coquetea con la treintena y creció merendando un pan con mantequilla y cola cao mientras veía a esos mismos robots (aunque bastante menos sofisticados), luchando por la supervivencia.
Unos efectos especiales y un diseño impresionante y nunca vistos hasta ahora son argumentos más que suficientes para ocupar dichosamente las casi dos horas y media que dura su metraje. Las interpretaciones y el guión, aunque buenos (con las excepciones de John Voigth y Megan Fox), son lo de menos en esta ocasión, ya que aunque adolece por momentos de la sensiblería manida y el humor insulso propios de su director, la rápida sucesión de trepidantes escenas de enorme espectacularidad lo compensa con creces.